La lección de karate

O de cómo afrontar las dificultades de la vida

Cuando era pequeño, en algún momento mi madre pensó que sería bueno que mi hermano y yo aprendiéramos karate para aprender a defendernos. Creo que mi mamá nos veía a mi hermano y a mí muy tímidos, introvertidos y tremendamente pacíficos, por no decir, pasivos.

Y así como nos había metido un tiempo atrás a clases de natación para que no nos fuéramos a ahogar algún día, decidió que el karate nos salvaría de lo que ahora se llama bullying.

Lo curioso es que cuando mi hermana más chica llegó a la edad en que nosotros habíamos empezado karate, a ella la inscribió a danza o algo así. Distinciones de género que afortunadamente han cambiado. Mi hija mayor está empezando a ir a clases de karate.

Por mi parte, aprendí varias cosas en el karate, sin duda, aunque ya a la distancia me hubiera gustado haber apreciado más algunos aspectos espirituales de la disciplina.

Recuerdo que en algunos momentos arrodillados sobre nuestros talones nos ponían a hacer algo parecido a la meditación. Sólo un par de minutos, no sé. Pero no lo entendía en ese momento.

Lo que recuerdo son muchas experiencias alrededor de las clases de karate. La escuela estaba en un gimnasio público por lo que el costo era simbólico. El año en el que mi hermano y yo entramos (aunque tal vez siempre era así) habían inscrito más grupos y horarios que la capacidad del lugar.

Eso trajo como consecuencia que en muchas ocasiones, especialmente al principio, llegáramos y no hubiera lugar para tomar la clase.

El gimnasio era, y sigue siendo, una instalación olímpica, por lo que le sobraban espacios, pero pensados para los espectadores: gradas, pasillos, escaleras, estancias, estacionamientos...

El maestro de karate que teníamos asignado era sin duda de una tenacidad y decisión deslumbrante. No dejaba que ningún alumno se fuera porque nos dijeran que no había donde tomar la clase. Por el contrario, nos hacía quedarnos hasta que la administración del lugar nos diera un espacio para practicar.

Yo creo que cada día buscaban que el maestro se rindiera porque nos daban los lugares menos adecuados para hacer karate: pasillos, estancias, estacionamientos...

Recuerdo pisos rugosos, fríos, resbalosos, rasposos, muy duros, áreas abiertas y con corrientes de aire, rincones pequeños...

Pero él, el maestro, siempre sonriendo, haciendo bromas, con expresiones de ánimo para todos.

Un día encontramos pequeños pedazos de vidrio, tal vez restos de una ventana rota en un lugar mal barrido. Nada bueno para un ejercicio descalzos. Y éramos niños.

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Fue sin duda una experiencia llena de grandes obstáculos e incomodidades. Pero nunca nos quejamos. No había modo. Con un maestro así nadie podía quejarse por esos detalles.

Nuestro maestro de karate vivía con secuelas de poliomielitis. Una de sus piernas se encogía desde el muslo hasta la punta de los dedos del pie. Cojeaba, porque no usaba ninguna prótesis ni bastón ni nada por el estilo. Y andaba descalzo en clase, como todos.

Lo recuerdo llegando siempre en su motocicleta casi hasta la entrada para alumnos, moto ruidosa, destartalada, en el punto medio entre ser chatarra o simplemente exótica.

A la edad que empecé a ir al karate nunca había visto a una persona con ese padecimiento ni alguno similar. Tal vez si hubiera visto a otra persona en otras circunstancias hubiera sentido de momento algo de extrañeza, y por lo tanto miedo e incluso repulsión, lo que hubiera sido normal para un niño de esa edad. No sé.

Lo cierto es que eso no pasó porque mi maestro de karate se movía y caminaba con una actitud que solo te hacía pensar en un maestro de karate y no en alguien enfermo o con algún padecimiento, mucho menos alguna discapacidad.

Por eso el tema nunca fue sino el karate. Posturas, movimientos, katas, combates, todo bajo las lecciones de un muy buen maestro.

Imagino que para alguien que pudo haber quedado sin la posibilidad de caminar, un simple paso solo es posible darlo acompañado de sonrisas, bromas y expresiones de ánimo para todos. Ni que decir de poder tener la dicha de practicar y enseñar karate, no importa el piso duro, rasposo, frío y con pequeños trozos de vidrio.

También imagino, aunque casi es una creencia, que en realidad aún estando en cama enfermos o convalecientes, personas como mi maestro de karate siguen siempre luchando, peleando, dando batalla, y adaptándose a lo que la vida les va presentando.

Por todo ello, no, no podíamos quejarnos. Ni por estar cansados ni por no poder hacer algún movimiento. Mucho menos por caminar en lugares rasposos, duros o incómodos.

Han pasado casi cuarenta años de todos esos acontecimientos. El gimnasio olímpico Juan de la Barrera sigue en pie y funcionando. Del karate tengo recuerdos que parecen sueños. El nombre de mi maestro lo he olvidado por completo.

Y de todas las lecciones que nos enseñó, me quedo con la manera en que se enfrenta descalzo un camino rugoso, rasposo, frío, duro y lleno de pequeños trozos de vidrio: con una sonrisa, bromas, buen ánimo.

Adolfo Ramírez Corona (@adolforismos)


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