Una vida terapéutica o una vida sin terapia

O cómo aprender a dejar de preocuparnos por ir a psicoterapia y amar quiénes somos

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Cuando era niño, cualquiera que se sometiera a alguna forma de terapia mental, psicoanálisis, psiquiatría, psicoterapia o psicología, simplemente estaba loco.

No importaba la razón, la edad, el género, el nivel socioeconómico o el nivel escolar. Si ibas al psiquiatra estabas demente.

Algunas personas acudían con un especialista en salud mental, pero no se lo decían a nadie. Ese tipo de problema era privado y se mantenía en secreto.

Los problemas que nos llevan a terapia

Ha pasado el tiempo y hoy las cosas han cambiado mucho. Es cierto que todavía genera sospechas en algunos grupos sociales (principalmente con las personas mayores). Pero en general, estamos viviendo en una época diferente.

Quizás hemos llegado demasiado lejos.

Los niños comienzan a ir a algún tipo de terapia mental desde una edad muy temprana. De vez en cuando solo hacen algunas pruebas psicológicas, otras veces van a un tratamiento específico, como de lenguaje, terapia ocupacional o emocional. Y ya hay psicólogos permanentes en algunas escuelas.

Por otro lado, los adultos van a terapia cuando el estrés se vuelve difícil de manejar. O cuando pierden a una persona importante, experimentan un divorcio o una ruptura. En algunos casos por adicción. O para tener alguien con quien hablar.

Hoy tenemos una amplia variedad de terapias. No solo por el enfoque teórico que tienen, sino por los objetivos y los métodos para resolver problemas particulares.

Cuando alguien va a terapia ya no es un secreto. Es parte de la conversación habitual en la mesa de café o la reunión del sábado por la tarde. Es incluso muy común hablar de ello en el espacio de trabajo. Bromeamos al respecto sin ningún problema.

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La sesión terapéutica y qué encontrar en ella

Soy psicoterapeuta y me encanta que los problemas de salud mental ya no sean secretos. Pero de vez en cuando, creo que si tuviéramos una vida más terapéutica, podríamos no necesitar tanta terapia.

Me explico.

En algunos momentos de la sesión terapéutica, les pregunto a mis pacientes sobre su tiempo libre y sus pasatiempos. Quiero que recuerden las cosas que les gustaba hacer cuando eran más jóvenes y si aún las hacen. O que recuerden los tiempos en silencio o en soledad. Posiblemente sus lecturas, momentos de reunión con sus mejores amigos, al escribir un diario, garabatear, cantar, caminar...

Desafortunadamente, vivimos cada vez menos experiencias como esas.

“... Es cuando actuamos libremente, por el gusto de la acción misma y no por motivos ulteriores, que aprendemos a ser más de lo que éramos.”
Mihaly Csikszentmihalyi, Flow: The Psychology of Optimal Experience

El espacio y el tiempo en que ocurre la psicoterapia (o cualquier tipo de tratamiento mental) y la experiencia que se vive recibe ahí el nombre de "sesión".

En cada sesión terapéutica, el terapeuta y el paciente intentan ingresar a la zona. Puedes llamarlo como entrar en algún estado de flujo mental, trance o área de confianza. Freud lo llama "sentimiento oceánico". Es un estado en el que estás abierto a aprender cosas nuevas. Cuando el cuerpo y la mente están abiertos a nuevas experiencias, aprendizajes, para reconectarse, transformarse.

Pero déjenme decirles un secreto. El estado al que intentamos llegar en cada sesión es un estado natural. Esto significa que es un estado o una experiencia que tenemos varias veces al día. Bueno, ese es el escenario ideal.

Por ejemplo, cuando estás descansando, con la mente perdida, mirando el horizonte. Cuando estás escuchando música, prestando atención a un maestro o encantado con los ojos de tu pareja.

Dos modos de encarar los problemas

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Esto es como cualquier forma de aprendizaje: puedes hacerlo tu mismo o puedes ir a una clase.

Algunas personas son buenas aprendiendo individualmente o como autodidactas. No necesitan ir a tomar clases sobre casi ningún tema. Pero, en el otro extremo, algunas personas necesitan a alguien que les explique las cosas (a veces llamados aprendizajes auditivos o guiados).

Nadie está bien o mal. Solo son diferentes habilidades o características. Pero como cualquier espectro con extremos, se recomienda estar en algún punto intermedio.

Los autodidactas deben reconocer que no pueden aprender todo por sí mismos. Algunos aprendizajes requieren una figura de maestro o al menos algún intercambio con otras personas.

Y los estudiantes de aprendizajes guiados necesitan desarrollar habilidades que los hagan menos dependientes de otros para aprender.

Lo mismo sucede con la terapia mental.

Algunas personas tienen y usan sus recursos y son capaces de recuperarse, sanar o resolver problemas por sí mismos. Son capaces de darse sus propias sesiones de terapia, por así decirlo.

Y en el otro extremo, algunas personas necesitan asesoramiento u orientación para casi todos los problemas que enfrentan.

Cualquier persona en cualquier extremo tiene que moverse hacia el medio.

Al igual que el aprendizaje, siempre hay cosas que requieren orientación profesional y cosas que requieren independencia para ser resueltas.

Meditación en la sesión

Una de mis pacientes, una mujer de unos cincuenta años, vino después de tres años de tratamiento médico por síndrome del intestino irritable o similiar. Digo similar porque, en las palabras de la paciente, los doctores le habían dicho que no tenía más padecimientos médicos para ser tratada. Sus síntomas eran "psicológicos". Por eso ella estaba buscando ayuda psicoterapéutica, incluso no estando muy cómoda con tener que ir “al psicólogo”.

Cuando le pregunté por esos momentos especiales en que solía estar con ella misma, disfrutaba de una actividad o amigos, ella respondió que no tenía ninguno. Decía que ya no hacía nada así porque estaba enferma.

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Practico la psicoterapia ericksoniana, donde guías al paciente a un estado de trance o hipnosis, como el los descritos anteriormente. En ese estado, la mente y el cuerpo de la paciente pueden estar abiertos a nuevas posibilidades, para reconectarse, para replantear sus problemas.

En cierto modo es muy similar a algunas formas de meditación y atención plena (o mindfulness). Curiosamente, en ese tipo de estados, hay una reconexión al nervio vago, directamente relacionado con el tracto digestivo.

De cualquier modos, guié a la paciente para recuperar algunos de esos momentos especiales a través de la meditación.

Creo que tuvimos dos o tres sesiones. No recuerdo una cuarta. Al final ella se sentía maravillosa (física y mentalmente) y estaba muy agradecida conmigo y con el instituto donde yo daba terapia en ese entonces. Solo recuerdo el optimismo con el que en la última sesión ya estaba pidiendo consejos para cómo conocer a una nueva pareja. Nunca volvió a terapia.

La vida terapéutica

Creo en la psicoterapia, por supuesto. Pero también creo que el proceso de sanación proviene de nuestro interior y que es un natural y orgánico. Podemos vivirlo si nos mantenemos en contacto con nosotros mismos y con esos momentos especiales que nuestra mente y cuerpo requieren.

Es posible que necesitemos psicoterapia para ciertos problemas, por supuesto. Pero mientras tanto, salgamos a caminar, recuperemos un pasatiempo, tomemos un té o café con nuestra pareja o amigo (sin teléfono celular, por favor), escuchemos nuestra canción favorita, volvamos a leer algunas páginas de ese libro que atesoramos, escribamos un diario, dibujemos, cantemos, miremos una puesta de sol, olamos el aroma de algún árbol, y en general, respiremos profundamente.

Por: Adolfo Ramírez Corona


Originalmente escrito y publicado en inglés como A Therapeutic Life or a Life without Therapy en Medium.com.

El día que dejé de soñar con monstruos

Las ideas y emociones que perseguía durante el día me perseguían —incluso me cazaban a veces— por la noche.

Nunca vi lo que me perseguía durante mis sueños más profundos. Solo sabía que tenía que huir de eso.

Los monstruos siempre cambiaban dependiendo de mi edad y mis miedos. Algunos vinieron cuando me iba mal en la escuela. Otros aparecieron el día que fui acosado cuando era niño. La mayoría se mostró después de un miedo indefinido de hacer algo mal.

En mi juventud, los monstruos llegaron con miedos sociales y problemas emocionales. Cuando crecí, el estrés en el trabajo o la ansiedad financiera comenzaron a estar presentes en el lado oscuro de mis sueños.

No fue nada especial. Solo malos sueños de vez en cuando. Aquellos que te despiertan un poco en medio de la noche, y después de que te das cuenta de que son solo sueños, vuelves a dormir.

Solía ​​dedicar parte de mi tiempo y energía a mis sueños. Bueno, como cualquier otra persona, supongo.

Cuando era niño, siempre trataba de recordar cada detalle de las historias surrealistas que se proyectaban en mi mente después de despertar.

Más adelante, cuando era un adulto joven, trataba de interpretar el contenido de mis sueños. Fui influenciado, como cualquier otro en mi generación, por Freud y el psicoanálisis. ¿Qué más podía hacer?

La voz interior

Por cierto, nunca vi la cara de ninguno de mis monstruos.

Al principio, porque huía de ellos y si el miedo a ser atrapado era demasiado, despertaba.

Más tarde, porque descubrí que los monstruos nunca aparecen cuando dejo de correr y espero para enfrentarlos.

Por supuesto, no fue fácil descubrir eso. Déjenme decirles cómo sucedió esto.

Me di cuenta de que esos monstruos y pesadillas eran simples extensiones de mi voz interior que siempre hacía historias.

Sí, la voz interior que siempre está preocupada por las experiencias pasadas y los eventos futuros. O por establecer escenarios y diálogos con simulaciones mentales de mis conocidos y seres queridos.

Por supuesto, eso es lo que cualquier cerebro sano con una voz interior sana tiene que hacer para protegernos de los peligros de la selva y lograr sobrevivir junto con los otros cavernícolas.

El problema era que estaba prestando demasiada atención a mi voz interior. Y mientras lo hacía, la estaba alimentando con más material para contar historias.

Las historias siempre van acompañadas de emociones. Las emociones están lejos de ser negativas. Pero tienen que ir y venir en respuesta a estímulos reales.

Cuando las historias se quedan y crecen, también lo hacen las emociones. Luego, te apegas a las emociones que surgen de pensamientos sobre pasados o futuros inexistentes.

Eso está lejos de ser bueno.

Por ejemplo, mientras caminaba por la calle o esperaba un autobús, solía tener estas divagaciones mentales sobre cualquier cosa irrelevante.

Bueno, parecía muy relevante en ese momento. Pero créeme, no lo era. Entonces algo me distraía. A pesar de la irrelevancia de la idea perdida, perseguía —incluso cazaba a veces— la historia y dónde se había quedad antes de distraerme para mantener la divagación.

O, por ejemplo, después de despertarme, me quedaba en la cama buscando las piezas perdidas de mis sueños para resolver los rompecabezas de mi mente.

Debido a que estaba entrenando mi cerebro para perseguir ideas y emociones durante el día, esas ideas y emociones me perseguían —incluso me cazaban a veces— por la noche.

La transformación

Como adulto, primero fui a terapia hablada durante un año más o menos para manejar los problemas de ira. Eso ayudó mucho.

Pero entonces, comencé a meditar. Fui a meditaciones guiadas en un lugar budista cerca de casa. Luego, fui a un par de retiros de meditación. También empecé a hacer yoga.

Fui meditador habitual y yogui durante varios meses, quizás más de un año. La forma en que la meditación y el yoga transformaron toda mi vida es material para otra historia.

Hoy les voy a contar cómo la práctica de la meditación hizo desaparecer a los monstruos.

Para ser claros, la parte de mi cerebro que hace historias nunca dejó de hacerlo. Todavía lo hace. Ese es su trabajo. En cambio, dejé de prestarle atención. Dejé de alimentarle.

Cuando meditas, fortaleces tu capacidad de permanecer tranquilo, presente, en este momento. Intentas no mover tu cuerpo ni tu mente.

Tu mente no entiende eso, así que sigue buscando peligro. “¿Cerré la puerta de mi casa antes de irme?” “¿Cuánto tiempo he estado sentado?” “¿Todos los demás cerraron los ojos?”. Bueno, cierto tipo de peligro.

No quiero parecer simplista en la descripción de qué es la meditación y cómo funciona. Solo estoy tratando de explicar un aspecto y beneficio del proceso meditativo.

Como decía, entrenas tu mente para dejar de lado esas historias y sus emociones sin tratar de unirte a ellas. Dejas de perseguirlas. Dejas de alimentarlas.

Ese entrenamiento te ayuda a mantener la calma, a no reaccionar de inmediato o reaccionar exageradamente a las cosas que suceden a tu alrededor. Te ayuda a discernir los verdaderos peligros de aquellos que no lo son.

Como cualquier otra práctica o ejercicio, comienzas a hacerlo de forma natural o inconsciente después de un tiempo.

Y si ese entrenamiento funciona, incluso lo haces en tus sueños.

Una vez que aparece un monstruo por la noche mientras duermes, permaneces tranquilo incluso dentro de su sueño. Mejor dicho, una vez que aparece algo aterrador mientras duermes, no haces una historia suponiendo que sea un monstruo.

Así que mantienes la calma, no corres y esperas.

Desarrollé algún tipo de confianza mientras estoy soñando. Las situaciones, eventos o personas que pueden causar miedo ya no me molestan.

Quiero decir, aparecen. Cosas malas suceden incluso en sueños. Pero de alguna manera me siento seguro de que las cosas se resolverán.

Despierto

Y lo mismo comenzó a suceder mientras estaba despierto.

Bueno, no me sucede todo el tiempo, por supuesto. De vez en cuando tengo días y momentos malos. En ocasiones, son terribles.

Con el tiempo también aprendí a aceptar la impermanencia de mis creencias y afirmaciones.

Esta explicación de cómo funcionan la meditación, las emociones y los procesos mentales no vino con la práctica.

Después de ese período de intensa meditación y yoga, dejé mi trabajo como ejecutivo de televisión y me convertí en psicoterapeuta. Y realmente he estudiado esos procesos mentales.

Despierto o dormido ya no huyo de mis miedos. Mantengo la calma, evito reacciones rápidas y grandes, y los enfrento.

El día que dejas de huir de tus monstruos, dejan de ser tuyos, y si no son tuyos, no son.

Así dejé de soñar con monstruos.

Por: Adolfo Ramírez Corona

Originalmente escrito y publicado en inglés como The Day I Stopped Dreaming with Monsters en Medium.com.

El oficio de navegante

Un breve manual de uso

Se navega donde no es posible seguir caminos o veredas, donde se puede tener cierta intención de dirección pero se renuncia a seguir un vector o línea precisa y determinada de antemano.

Navegar es diferente a caminar, recorrer, viajar, conducir.

Un navegante renuncia de antemano a tener un control exacto de su andar, ya sea que la superficie se lo impide por estar en movimiento o ser resbaladiza, ya sea porque está sujeto al impredecible clima, o ya sea simplemente porque prefiere los patines a los zapatos.

Navegar es desplazarse, deslizarse, con intención sobre una superficie abierta.

La superficie abierta más común para los navegantes es el mar, pero dista de ser la única.

Están los ríos, lagos, y también superficies sin agua, como el aire, el espacio. O superficies más sólidas como la arena de las playas o desiertos.

Para desplazarse se usa una nave. Dependiendo de su forma y uso, las naves reciben diferentes nombres. El más común es barco, pero puede ser un bote, una lancha, para el uso en el mar, o avión, globo aerostático, para su uso en el aire, o deslizador para su uso en la arena, o cohete cuando la superficie es el espacio, o patineta para su uso en el asfalto.

Navegar viene de nave, ese mueble u objeto que sirve de vehículo para desplazarse, siendo más grande que el navegante que contiene.

Una nave, por más pequeña que sea, siempre tiene algo de casa, de hogar.

Toda nave tiene algo de ethos, de hogar interior, porque no solo nos lleva sino que en cierto modo le habitamos y nos habita.

Toda nave tiene algo de espacio interior, personal, casi sagrado. Por algo se le llama nave al interior de los templos, pero también por eso hay tantos rituales para nombrar y referirse a los barcos, o para personalizar una tabla de surf.

Los argonautas fueron los navegantes del Argo, del barco Argo.

Los navegantes del cosmos se les llama cosmonautas.

La náutica es la teoría y arte de navegar.

En lugar de meditaciones guiadas, me gusta el nombre de meditación con navegante.

El piloto o timonel no conduce, navega. Y por supuesto, no maneja. Manejar implica tener en la mano, controlar. El conductor maneja un vehículo, lo tiene en sus manos, lo posee.

El piloto maniobra. Y no maniobra la nave, hace maniobras de navegación. Es decir, sigue un conjunto de pasos, un proceso para navegar la nave.

Es el conjunto de pasos, el proceso en general, el que tiene por objetivo llevar el barco por buen rumbo. Pero dado que navegar carece de precisión, es necesaria la combinación de operaciones para lograrlo.

“¡Todo a estribor!, ¡a toda máquina!, ¡avante!”

También se habla de gobernar una nave o gobernar la navegación. Pero caemos en un círculo de definición y definido porque la raíz etimológica de gobernar es pilotar un barco.

Tal vez por eso los gobiernos no dirigen, manejan o conducen un estado o país. Solo lo pueden navegar.

El navegante debe incluir variables no controlables en esa fórmula que constituye una maniobra.

Viento y corrientes, en el caso del mar.

Y variables controlables: timón, velas...

Un conductor, en cambio, dirige de manera puntual un vehículo, sin mayor desplazamiento, punto por punto, con control casi absoluto de sus movimientos. Con un mínimo interés en su entorno.

Conducir, a diferencia de navegar, es llevar por un ducto, una pista, un carril, un tubo, un cable, una línea virtual sobre una superficie fija. Seguir una trayectoria.

Conducir suele dejar rastro. O puede hacerlo. El caminar repetitivo deja veredas. Navegar no deja rastro. Ni veredas.

El que conduce busca el control, tanto del entorno (carreteras, calles, carriles) como de lo que conduce (volante, acelerador, freno).

Quien navega busca el balance entre el entorno (viento, olas) y lo que maniobra (timón, velas).

Las empresas buscan conducir. Los gobiernos, navegar.

En la vida, nos enseñan mucho a conducir. Aspiramos con conducir. Nos encanta el control.

Poco nos enseñan a navegar, a mantener balances, a saber responder al viento, las mareas, las oleadas, y sacar el mejor provecho de ellas.

Quien conduce un automóvil no puede meterse en sentido contrario en una calle.

Para quien navega, un viento en contra es solo un elemento que se integra a navegar. Dependiendo la nave, puede ir en diagonal, zigzaguear, rodear. Incluso si es necesario, esperar a que el viento esté a favor para continuar.

A veces en la vida hay que dejar de conducir para navegar. A veces, podemos dejar de navegar y es prudente conducir.

Elegir una licenciatura universitaria, por ejemplo, implica conducirse, por ello se le llama carrera. Es ir de un punto a otro sobre un camino trazado.

Pero si hay eventualidades en el camino, algo que impida seguir estudiando, a veces hay que navegar, adaptarse a las circunstancias.

Podría seguir, pero por lo pronto, solo agrego que el que conduce poco le importa el ambiente, su entorno. Puede poner el GPS o si tiene un moderno Tesla, poner el piloto automático y dejarse llevar.

Pero el que navega tiene que estar constantemente percibiendo, sintiendo su entorno, el viento en su cara, el agua fría en su mano, el sol, las estrellas...

Adolfo Ramírez Corona (@adolforismos)


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Abro los ojos

Abro los ojos a la madrugada indómita.
La oscuridad sostiene una noche que se niega a desaparecer.

Los pájaros cantan una canción sin silencios.
La alarma del despertador amenaza con sonar en cualquier momento
y cortarle la cabeza a este tiempo suspendido.

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Recuerdo otra mañana como esta.
Pausa con aves llorando.
Habitando un mundo del que todos se han ausentado.
No existían los teléfonos con pantallas conectadas a redes infinitas.
Y esa mañana, en ese lugar, no tenía equipo de cómputo alguno.
En esa habitación no había ser humano ni máquina que me intentara convencer que el tiempo no se había detenido.

Como hoy.

La guillotina de la alarma no ha caído.
Pero el ruido no muy lejano de una puerta eléctrica y un carro encendido
han regresado el tiempo a su cauce.

Me levanto.

Adolfo Ramírez Corona (@adolforismos)


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Imagen: El sueño de la mariposa de Zhuangzi (Wikipedia)

La lección de karate

O de cómo afrontar las dificultades de la vida

Cuando era pequeño, en algún momento mi madre pensó que sería bueno que mi hermano y yo aprendiéramos karate para aprender a defendernos. Creo que mi mamá nos veía a mi hermano y a mí muy tímidos, introvertidos y tremendamente pacíficos, por no decir, pasivos.

Y así como nos había metido un tiempo atrás a clases de natación para que no nos fuéramos a ahogar algún día, decidió que el karate nos salvaría de lo que ahora se llama bullying.

Lo curioso es que cuando mi hermana más chica llegó a la edad en que nosotros habíamos empezado karate, a ella la inscribió a danza o algo así. Distinciones de género que afortunadamente han cambiado. Mi hija mayor está empezando a ir a clases de karate.

Por mi parte, aprendí varias cosas en el karate, sin duda, aunque ya a la distancia me hubiera gustado haber apreciado más algunos aspectos espirituales de la disciplina.

Recuerdo que en algunos momentos arrodillados sobre nuestros talones nos ponían a hacer algo parecido a la meditación. Sólo un par de minutos, no sé. Pero no lo entendía en ese momento.

Lo que recuerdo son muchas experiencias alrededor de las clases de karate. La escuela estaba en un gimnasio público por lo que el costo era simbólico. El año en el que mi hermano y yo entramos (aunque tal vez siempre era así) habían inscrito más grupos y horarios que la capacidad del lugar.

Eso trajo como consecuencia que en muchas ocasiones, especialmente al principio, llegáramos y no hubiera lugar para tomar la clase.

El gimnasio era, y sigue siendo, una instalación olímpica, por lo que le sobraban espacios, pero pensados para los espectadores: gradas, pasillos, escaleras, estancias, estacionamientos...

El maestro de karate que teníamos asignado era sin duda de una tenacidad y decisión deslumbrante. No dejaba que ningún alumno se fuera porque nos dijeran que no había donde tomar la clase. Por el contrario, nos hacía quedarnos hasta que la administración del lugar nos diera un espacio para practicar.

Yo creo que cada día buscaban que el maestro se rindiera porque nos daban los lugares menos adecuados para hacer karate: pasillos, estancias, estacionamientos...

Recuerdo pisos rugosos, fríos, resbalosos, rasposos, muy duros, áreas abiertas y con corrientes de aire, rincones pequeños...

Pero él, el maestro, siempre sonriendo, haciendo bromas, con expresiones de ánimo para todos.

Un día encontramos pequeños pedazos de vidrio, tal vez restos de una ventana rota en un lugar mal barrido. Nada bueno para un ejercicio descalzos. Y éramos niños.

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Fue sin duda una experiencia llena de grandes obstáculos e incomodidades. Pero nunca nos quejamos. No había modo. Con un maestro así nadie podía quejarse por esos detalles.

Nuestro maestro de karate vivía con secuelas de poliomielitis. Una de sus piernas se encogía desde el muslo hasta la punta de los dedos del pie. Cojeaba, porque no usaba ninguna prótesis ni bastón ni nada por el estilo. Y andaba descalzo en clase, como todos.

Lo recuerdo llegando siempre en su motocicleta casi hasta la entrada para alumnos, moto ruidosa, destartalada, en el punto medio entre ser chatarra o simplemente exótica.

A la edad que empecé a ir al karate nunca había visto a una persona con ese padecimiento ni alguno similar. Tal vez si hubiera visto a otra persona en otras circunstancias hubiera sentido de momento algo de extrañeza, y por lo tanto miedo e incluso repulsión, lo que hubiera sido normal para un niño de esa edad. No sé.

Lo cierto es que eso no pasó porque mi maestro de karate se movía y caminaba con una actitud que solo te hacía pensar en un maestro de karate y no en alguien enfermo o con algún padecimiento, mucho menos alguna discapacidad.

Por eso el tema nunca fue sino el karate. Posturas, movimientos, katas, combates, todo bajo las lecciones de un muy buen maestro.

Imagino que para alguien que pudo haber quedado sin la posibilidad de caminar, un simple paso solo es posible darlo acompañado de sonrisas, bromas y expresiones de ánimo para todos. Ni que decir de poder tener la dicha de practicar y enseñar karate, no importa el piso duro, rasposo, frío y con pequeños trozos de vidrio.

También imagino, aunque casi es una creencia, que en realidad aún estando en cama enfermos o convalecientes, personas como mi maestro de karate siguen siempre luchando, peleando, dando batalla, y adaptándose a lo que la vida les va presentando.

Por todo ello, no, no podíamos quejarnos. Ni por estar cansados ni por no poder hacer algún movimiento. Mucho menos por caminar en lugares rasposos, duros o incómodos.

Han pasado casi cuarenta años de todos esos acontecimientos. El gimnasio olímpico Juan de la Barrera sigue en pie y funcionando. Del karate tengo recuerdos que parecen sueños. El nombre de mi maestro lo he olvidado por completo.

Y de todas las lecciones que nos enseñó, me quedo con la manera en que se enfrenta descalzo un camino rugoso, rasposo, frío, duro y lleno de pequeños trozos de vidrio: con una sonrisa, bromas, buen ánimo.

Adolfo Ramírez Corona (@adolforismos)


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