¿Qué hago aquí?

O de dónde viene la felicidad

A veces pasa que la inercia cotidiana nos impide la pausa necesaria, prácticamente indispensable para ser plenamente humanos.

Es sólo hasta que nos saturamos, queremos escapar de donde sea que estamos, nuestra alma grita descanso, o las obligaciones le han ganado a las responsabilidades, es sólo hasta ese momento en que algo me detiene para preguntarme, ¿qué hago aquí?

La consciencia

Y es que la consciencia solo es posible en la disociación. O dicho en palabras simples, la consciencia se manifiesta en cuanto la mente funciona como nosotros y no como un sólo yo.

Es necesario separarme, dividirme, desdoblarme, verme a mi mismo como si observara una película de mi vida, para ser consciente.

O si lo prefieres, la consciencia también se representa como ese ser en nuestro oído que nos dice cosas, un Pepito Grillo o Jiminy Cricket que nos observa y habla como a Pinocchio.

Y mientras la inercia cotidiana se intensifica, lo que más prevalece es sólo el yo, un yo altamente ejecutivo, resolutivo, hacedor, que es muy eficiente realizando cosas pero completamente incapaz de hacerse preguntas, de verse a sí mismo, ya no digamos de hacer contemplación alguna.

El espejo

De ahí la palabra reflexión, por ejemplo, del latín reflectus o re-flectus, acción de doblar, y que se usa para definir una propiedad de la luz, la misma que permite vernos en un espejo.

La consciencia, en ese sentido, tiene mucho de espejo, de mirarnos al espejo, y hablar con nosotros mismos.

No en balde, es un cliché del cine que cuando se quiere representar al héroe en el instante de la toma de consciencia, se vea reflejado en algún cristal o espejo.

(Y cuando esa consciencia se expande es como montar un espejo frente al otro, ver no un yo sino miles, cientos, múltiples, y por lo tanto, en el fondo, ninguno. En cuanto me observo a mí mismo, ¿quién es el que observa? ¿Y si también lo observo? Pero bueno, eso es tema para otra ocasión.) 

La consciencia es sumamente frágil porque muy fácilmente puede convertirse en un diálogo interno altamente neurótico, generador de historias y emociones encontradas. En ese momento la consciencia vuelve a desvanecerse y entonces entramos a la inercia de los pensamientos internos, automáticos, reactivos, constantes, verborréicos, que tampoco son capaces de detenerse y hacer pausa.

Esa inercia cotidiana puede estar entonces en nuestras actividades externas y acompañada de nuestro yo ejecutivo. Pero también la inercia cotidiana puede estar en el tren del pensamiento interno y estar acompañada de nuestro yo que cuenta historias y habla y habla para fugarse hacia el pasado y futuro.

Por eso la consciencia, la verdadera consciencia, suele ser más bien silenciosa y contemplativa.

La meditación

En meditación de seguimiento de respiración o anapanasati, por ejemplo, la voz que nos guía suele hacer hincapié en ello: “observa tu respiración, sin juzgar, sin analizar, solo observa”.

Lo mismo sucede en meditación vipasana o en la ahora tan de moda meditación mindfulness: se trata de observar sin juzgar, sin analizar, solo observar.

Y distraernos de tal tarea durante cualquier meditación es normal, incluso es algo esperado. El ejercicio de la meditación consiste en fortalecer nuestra capacidad de regresar, de volver a observarnos a nosotros mismos, más que en reprimir o negar a nuestro yo ejecutivo o crítico.

La epojé

Los griegos le llamaban epojé o juicio suspendido, estado de la consciencia donde no se afirma ni niega nada.

La fenomenología de Husserl lo retoma para enriquecerlo con un par de conceptos. Por un lado, la metáfora del paréntesis, es decir, la epojé es una puesta en paréntesis de las opiniones o juicios sobre la realidad. 

Pero por otro lado, además de suspender el juicio sobre la realidad, la epojé es poner en paréntesis a la realidad misma.

El budismo

Para el budismo, reconocer el sufrimiento es un primer paso para suspender lo que lo causa: la inquietud, el hambre, la ansiedad, el tren del pensamiento que siempre está inconforme buscando algo mejor, nuevo, diferente, y por lo tanto, juzgando, comparando, clasificando. 

Para suspender esa inercia, es necesario hacer una pausa, observar sin juzgar y analizar, dar espacio a la consciencia, la que contempla en silencio, y por lo tanto, acepta, abraza el momento presente, tal como es.

En ese sentido, felicidad y consciencia van de la mano. La felicidad aparece cuando somos capaces de disfrutar esa aceptación nacida de la consciencia contemplativa.

La felicidad

En resumen, de la pausa nace la contemplación, la consciencia. Solo es posible la contemplación y consciencia del presente, del aquí y ahora. Para observar sin juzgar ni analizar es requisito la aceptación. De esa aceptación, viene la felicidad.

Pero todo eso, inicia con una pausa.

¿Estás listo para hacerla?


Post data

Hoy hago una pausa para recordarte que sigo estando en adolforamirez.com, publicando podcast en Meditación Psicoterapéutica, escribiendo aquí en Micromeditaciones (todo gratis), y que si te gusta lo que lees o escuchas, por favor, compártelo para que otros también escuchen o se suscriban. ¡Gracias!


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La taza de café

  
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[Esta vez el texto viene acompañado de una versión en audio, para los que prefieren escuchar que leer.]

Cuenta la leyenda que hace más de ochocientos años Abul Hasan ash-Shadhili, un místico sufí, observó a los pájaros de Etiopía comer de las bayas de la planta de café y mostrar una vitalidad fuera de lo ordinario. Él mismo las probó y descubrió el poder de la cafeína que compartiría con otros monjes y fundarían el ritual de beberlo. 

No es la única leyenda al respecto, pero lo cierto es que el origen del consumo del café va de la mano con monasterios y rituales, tanto en las leyendas existentes como en las investigaciones históricas. 

Se trata de un ritual que ha trascendido lo más profundo de nuestra estancia en la tierra para llegar a la civilización moderna. Seguro hay cuencos africanos de madera antiquísimos con restos de café en ellos y algún día habrá que ponerlos en un museo junto a una fotografía de una taza de café al lado de un iPhone. 

Esos cuencos de madera se dejaron de usar hace mucho. Algún día dejaremos de usar el iPhone. Difícilmente pasará eso con el café. El café seguirá ahí, no importa si las fotografías dan paso a la existencia y uso de los hologramas: habrá tazas de café en los hologramas.

"El éxito del café es su versatilidad de preparación", dirán. Y sí, es importante, pero no la versatilidad de las recetas que llevan café, sino la versatilidad del ritual.

Los rituales

Los rituales son acciones que dan un sentido especial o mucho más intenso a una experiencia.

La experiencia de cumplir años, de iniciar una relación amorosa, de relajarse con los amigos un fin de semana, de experimentar el paso del tiempo, de reunirse en familia... ustedes conocen todos esos rituales.

Y es que si no se repite, no es ritual. Porque el ritual está para recordarnos el sentido del acto, para volver a dotar a la experiencia de la emoción original. La transformación es continua, el proceso es constante y el aprendizaje requiere la rememoración iterativa.

Por eso nuestras niñas y niños, pero sobre todo los bebés, adoran la repetición de todo lo que van experimentando de la vida.

Los rituales son uno de los motores de la cultura.

Algunos de los rituales se desgastan, por supuesto, y pierden su valor y facultad para dar sentido.

Pero aún así, los rituales cumplen una función para marcar, señalar un rastro, para enmarcar o encuadrar un momento, una experiencia.

Los rituales a veces se vuelven simbólicos, pero originalmente son indiciales. Es decir, como signos son la representación de una experiencia real (percatarse del paso del tiempo), aunque a veces se vuelven una representación de algo que se ha vuelto abstracto (homenaje a la bandera).

Y sí, hay algo de arbitrario en los rituales. No hay razón específica, por ejemplo, para festejar nuestro nacimiento cada año, mucho menos para festejar la hora exacta del acontecimiento o cantar la mañanitas y apagar la velas. 

Pero bueno, a eso se le llama la arbitrariedad del signo, y los rituales son signos.

El reencuadre

Los rituales tienen que tener algo de ilógicos, emparentarse con la magia y despertar nuestra imaginación, fascinarnos.

Porque gran parte de su función radica en transformar algo ordinario en extraordinario, de llamar nuestra atención sobre algo cotidiano y mundano, sacarnos de la rutina, despertar emociones, y por lo tanto, recuperar el sentido de nuestros actos.

Ese mecanismo de reencuadre es el mismo que encontramos en una sesión psicoterapéutica, en hipnoterapia, en coaching, en los cuentos, koans, y en general, en cualquier intervención realizada sobre un individuo.

Esto no quiere decir que los rituales sean terapéuticos, sino más bien que la psicoterapia es un ritual. Primero el huevo, luego la gallina.

Te invito

Te invito a que, si la has perdido, recuperes tu taza de café (o de té o de chocolate, ¡es una metáfora!). 

¿Recuerdas a qué le daba sentido esa taza de café por la mañana, esa taza de café para estudiar hasta altas horas de la noche, o para darse una vitalidad fuera de lo ordinario antes de platicar con los amigos? 

Y si estás buscando darle sentido a algo a lo cual no se lo encuentras, tal vez es el momento de que crees, diseñes o fundes un nuevo ritual en tu vida para darle sentido a tu experiencia.

No necesitas ser un místico sufí para hacerlo. A veces es suficiente con una taza de café.


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La ignorancia sabia

O de por qué los menonitas no usan iPhone

En México les conocemos como menonitas, y solemos verlos en algunos cruces de calles o salidas en carretera vendiendo quesos o productos hechos o cultivados por ellos mismos en sus granjas.

En realidad los menonitas son un subgrupo de los Amish, comunidad religiosa y cultural muy diversa, pero unida por un modo de vida sencillo, vestimenta modesta y tradicional, y un cierto aislamiento del mundo moderno.

Originarios de Alemania pero residentes mayormente en América, han sido polémicos en las últimas décadas por su abstinencia a la tecnología frente a un mundo que la consume frenéticamente: evitan usar automóviles, televisión, teléfono o electricidad. Por supuesto Internet.

Seguro los has visto por lo menos en alguna película o serie televisiva, pero tal vez haya algunos cerca de donde vives o vas de vacaciones.

Mucha gente piensa que los Amish rechazan la tecnología por igual y se sorprenden al darse cuenta que hay un uso moderado del automóvil, permitiendo ciertos tractores o camiones de carga; o del teléfono, a veces teniendo uno solo para toda la comunidad; incluso el uso de la electricidad puede estar permitido pero solo a ciertas horas.

Los Amish creen en la tecnología, pero también creen en sus consecuencias. Saben que toda tecnología puede traer consigo un gran bienestar a la comunidad pero también una serie de problemas derivados de su uso.

Los gajes del oficio digital

En uno de los libros fundacionales del cambio tecnológico de los últimos años, Ser digital, de 1995, Nicholas Negroponte apuntaba muchas de las maravillas que íbamos a vivir con la digitalización de las comunicaciones y la tecnología. Hablaba de cómo iba a ser nuestra vida con un computador e internet en casa, y todo lo que íbamos a poder hacer.

Él, Negroponte, formaba parte del equipo del MIT (Massachusetts Institute of Technology) que no sólo eran los adoptantes tempranos de esta tecnología por venir, sino creadores e inventores de muchas de sus variantes.

Recuerdo particularmente cómo el autor de Ser digital contaba la anécdota de lo maravilloso que era poderse comunicar por correo electrónico. Un niño de escasos diez años, admirador de toda esta nueva tecnología y con la oportunidad de tener una computadora e internet en casa, le había escrito un email para expresarle su admiración. Al poco tiempo hubo oportunidad de conocerse personalmente en un viaje que los padres del pequeño realizaron y en el cual coincidieron con Negroponte.

Así contado sonaba maravilloso. El niño fan, gracias a la tecnología digital, se encuentra con el científico como si fuera un rock star.

Pero claro, la cantidad de personas con correo electrónico a principios de la década de los noventa del siglo pasado era muy escasa. Ni siquiera Nicholas Negroponte con todos sus conocimientos científicos podía prever un futuro lleno de spam en nuestros buzones o inbox, redes sociales que atentan con nuestra privacidad, los trolls provocando en foros y comentarios, el mundo de los youtubers e influencers, y más aún, el serio problema de adicción al celular que senos está viniendo encima.

Si un niño de diez años quiere contactar a Negroponte actualmente, de seguro le será casi imposible. Tal vez ahora si le escribe una carta en papel logre llamar su atención.

La adopción temprana

Lo cierto es que entre los avances tecnológicos, la sociedad de consumo y el marketing, nos apresuramos a adoptar tecnologías de las cuales es verdaderamente imposible conocer sus consecuencias completas.

Ya nos ha pasado con productos tan elementales como el otrora considerado saludable tabaco.

Y que me dicen de los aerosoles y el daño que provocaron a la capa de ozono.

O los plásticos en todas sus presentaciones y la multiplicación de la basura que han provocado.

Ni que hablar de medicamentos que parecían la gran cura y solo tiempo después han mostrado sus efectos secundarios mortales.

La sabiduría esta hecha mayormente de una ignorancia humilde. Saber reconocer nuestra falta de capacidad como seres humanos para poder predecir las consecuencias completas de nuestros cambios de hábitos y tecnologías es una gran virtud. En eso creen los Amish.

El largo camino Amish

Poca gente lo sabe, pero los Amish sí adoptan nuevas tecnologías. La diferencia radica en que antes de hacerlo, la nueva tecnología se pone bajo una profunda revisión por comités o consejos con representantes de diferentes perfiles dentro de la misma comunidad. Después de la revisión se suele presentar un informe que se pone a juicio de la comunidad entera.

Aún así, una nueva tecnología puede considerarse útil e importante, pero no necesariamente para una adopción masiva.

Un vehículo motor puede ser útil como tractor o transporte de carga, pero ¿qué consecuencias negativas hay si cada familia o persona tiene uno?

La energía eléctrica, el teléfono o internet pueden ser muy útiles, pero si no podemos conocer plenamente todas las consecuencias que conllevan, los Amish prefieren una adopción moderada.

Por supuesto que no es fácil y lejos estoy a favor de que todos nos volvamos Amish. Tal vez ellos están el el extremo de una adopción a la tecnología exageradamente lenta frente a la adopción frenética, apresurada e inconsciente de nuestra sociedad de consumo.

Lo cierto es que nos dan en qué pensar, como individuos y como sociedad.

Lo nuevo, nuevo, nuevo

El nuevo iPhone, la nueva red social de moda, el nuevo modelo de auto, la nueva dieta, el nuevo libro, el nuevo antidepresivo, el nuevo médico, la nueva canción, la nueva película... ¿estás segura del beneficio que te va a traer? ¿Has pensado en las consecuencias, positivas y negativas? ¿Te va a hacer más feliz? ¿Lo necesitas?

Si tu respuesta es "no lo sé", ¡qué bueno! Reconocer la ignorancia, abrazarla, aprender a vivir con ella, es de los primeros pasos hacia la sabiduría.

Recuerda que la sabiduría está mas cerca de la ignorancia que del conocimiento.


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El alma al cuerpo

O de cómo apagar la alarma cuando pasa el peligro

Cuando un tarahumara pierde su alma debido a algún momento de crisis (léase accidente, miedo extremo, estrés, pánico, mala noticia...), él o alguno de sus familiares recurren a un curandero u owirúame para que le ayude a que "regrese el alma al cuerpo".

El owirúame realiza un procedimiento llamado huellear —me encanta la palabra— que consiste en "seguir las huellas" del alma en las veredas cercanas durante un trance o sueño.

(Foto: Mujer Ángel, Graciela Iturbide)

Encontrar el alma y traerla de regreso sería más o menos fácil de no ser porque puede estar secuestrada por algún hechicero, lo que implica una batalla entre el curandero y dicho hechicero para recuperar el espíritu perdido.

¿Adónde se fue?

No hay que ser tarahumara para haber experimentado ese estado posterior a una crisis, en la cual nos sentimos como lejanos, idos o ausentes, como "estar sin estar".

Y efectivamente, cuando pasa la tormenta, vivimos esa sensación de haber vuelto o regresado, y muy particularmente lo percibimos como una experiencia muy corporal.

¿Adónde se fue el alma todo ese tiempo?

Nuestro sistema autónomo, ese que hace todo por tí, como respirar, mantener funcionando el corazón, digerir, regular la temperatura, etc., sin que tú tengas que hacer nada, tiene dos fases que se van sucediendo una después de otra, pero que en ciertos momentos se puede hacer muy intensa en alguna de ellas.

El sistema nervioso simpático se activa con el estrés y pone en marcha los mecanismos asociados al mismo, tales como

  • la activación de la adrenalina (fuerza para pelear o correr),

  • tensión de los músculos (piernas y brazos, ¡listos!),

  • aumento de la respiración y aceleración del corazón (¡más oxígeno, más sangre),

  • dilatación de las pupilas y fosas nasales (para ver y oler mejor),

  • sudoración (hay que liberar calor y e hidratar piel y músculos).

Y, por otra parte, realiza la suspensión de actividades no prioritarias en momentos de crisis, es decir,

  • paro de la digestión (la sangre se requiere en brazos u piernas),

  • falta de sensibilidad sobre el cuerpo (es más importante ver y oír),

  • disminución de la líbido (a menos que el estrés sea sexual, por supuesto) .

¿Cómo regresa?

La naturaleza es sabia, dicen, y todo este sistema activa lo necesario para que en cualquier momento se pueda responder al peligro enfrentado. Por supuesto que el grado y duración de esta reacción depende del grado y duración del estímulo. Si es pequeño y pasa rápido el sistema autónomo le da oportunidad a la otra fase, que es el sistema parasimpático. De lo contrario, todo lo descrito con anterioridad se mantiene e incrementa.

Cuando la calma después de la tormenta llega (y créeme, siempre llega), el sistema parasimpático hace su aparición:

  • la frecuencia respiratoria y cardiaca disminuyen,

  • se reactiva la digestión,

  • se contrae la pupila,

  • se relajan los músculos (entre ellos esfínteres y vejiga), y sobre todo,

  • se reactivan algunos nervios de alta importancia, como el nervio vago, muy útil para que podamos sentir nuestro propio cuerpo y emociones.

Esta es una explicación muy simple, pero la idea es que todo fenómeno que nos pasa cuando tenemos un momento de estrés o crisis, tiene una razón de ser en términos de nuestra supervivencia como especie.

El hecho, por ejemplo, de que se tensen los músculos provoca que se paralice nuestra expresión facial y la laringe, porque en ese momento no es prioritaria la comunicación de emociones finas a través del rostro o los tonos de voz. "Tenía cara de espanto", "se quedó mudo", decimos.

Y lo mismo pasa después de la crisis. Los músculos se pueden relajar tanto al mismo tiempo que se reactiva la digestión, y puede venir una diarrea instantánea. "Se cagó del susto", es otra expresión que usamos para estas ocasiones.

Alma guerrera, alma curandera

Durante la activación del sistema nervioso simpático entonces, el "alma" se transforma en una guerrera lista para pelear o huir. Es todo oídos y vista, es pura fuerza e impulso. Y deja el cuerpo. Bueno, al menos deja de sentir al cuerpo.

(Foto: Spirit Warrior, Timothy Eberly)

¿Una cortada, un golpe? No es momento para sentirlo. Ya cuando venga la calma nos preguntaremos en qué momento nos cortamos o golpeamos que ni nos dimos cuenta.

Ya más tranquila, el "alma" guerrera se transforma en un alma "curandera" y regresa al cuerpo para revisarlo, ver que necesita, y proveerle. ¿Curar una herida, agua, liberar una emoción y llorar? Todo eso lo hace el "alma" curandera.

Como si fuera la alarma de algún automóvil, a veces el sistema simpatico se queda "pegado" y en activo aún cuando el peligro ya haya pasado. Y si mantenemos al cuerpo en estado de alarma y estrés podemos padecer los problemas asociados: digestivos, respiratorios, cardíacos, musculares... y el "alma" ausente.

Por eso, algunos tratamientos de medicina tradicional o curandería dedican mucho tiempo a prácticas que hagan reaccionar la sensación del cuerpo de modo intenso: agujas en acupuntura, masajes o presupuntura, baños de agua caliente o fría, pases sobre el cuerpo con objetos, o rituales similares.

Si has vivido una situación de estrés intenso, o bien, vives continuamente en un estrés pequeño pero sostenido, es hora de llamar a tu owirúame o curandero interior para ir a buscar tu alma y traerla de regreso.

Para llamar a Batman o tu owirúame

A Batman le llaman con una luz en forma de murciélago proyectada en el cielo. A tu owirúame le puedes llamar simplemente haciendo algunas respiraciones profundas a través de la nariz, procurando alargar cada exhalación lo más posible.

Con este ejercicio tan simple, tal vez empieces a sentir tus pies o la parte baja de tu estómago. Es normal. Te está regresando el alma al cuerpo.


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Despacio, por favor

O de cómo sobrevivir en la ascensión de las máquinas

A veces creo que las computadoras e internet realmente se han vuelto inteligentes, cobrado consciencia y se han propuesto terminar con los seres humanos sobre la tierra, como si del universo cinematográfico de Terminator se tratara (¡Skynet!), o cualquier otra visión apocalíptica en el ascender de las máquinas.

Pero la tecnología no va a acabar con los seres humanos con un ejército de robots, como en la saga mencionada, sino envenenándonos con una droga altamente adictiva.

¿Estás leyendo esto en tu celular?

Nunca, en toda la historia, ningún objeto, había pasado a ser tan comúnmente la compañía de una persona como el teléfono celular. 

El teléfono celular se ha vuelto el objeto de mayor pertenencia y ubicuidad personal en el mundo. El objeto anterior que tenía este título eran las llaves de la casa.

Toda pertenencia conlleva una dependencia, y si bien hay grados, basta ver cómo una persona se angustia y estresa cuando no encuentra su celular. 

O es suficiente con que cada uno de nosotros observemos cómo nos preocupa el que no aparezca el propio. “Lo de menos es lo que cuesta”, decimos, “es toda la información que traigo y… y las fotos… y mi trabajo…”.

La adicción a las pantallas e internet es ya un hecho. Su efectos iniciales son los de cualquier adicción, pero los alcances específicos de este nuevo trastorno, aún están por verse.

De colores, HAL 9000 y alephs

A diferencia de las llaves de la casa que no sacamos cada minuto para ver qué tienen de nuevo, el celular cuenta con tres características que fundan las razones para su adicción: una pantalla sumamente atractiva, una poderosa herramienta procesadora de datos e información, y por supuesto, ser la puerta a una gran red de redes.

En Silicon Valley está de moda cambiar la configuración de la pantalla de los móviles a blanco y negro para evitar que los colores tan atractivos estimulen continuamente la atención. Sí, el mismo proceso que vive un niño o niña en una dulcería multicolor, o un adulto en el mall.

El celular, además, puede hacer muchas cosas. Es una pequeña navaja suiza que da la hora, tiene calculadora, nos despierta, lleva la agenda, nuestras notas, correo, nos deja escuchar música, ver videos, tomar fotos… en fin. ¡Hay una app para todo!

Y eso sin contar la capacidad de comunicación sincrónica y asincrónica de un celular, con el mundo, con mis amigos, con mis compañeros de trabajo, familiares, viejos conocidos de la escuela, nuevos desconocidos influencers, autores, enemigos, futura pareja.. en fin… otro en fin. ¡Más amigos, seguidores, suscritos, contactos…!

Y finalmente, cualquier problema o pregunta, lo resuelve esa pequeña pantalla, con la ayuda del gran Google: recetas, cómos, tips, trivias, conversiones, dudas, enfermedades, remedios, rutas, traducciones… en fin y más en fin.

Como diría Shakespeare

Ojo con esto: la gran señal de que “hay algo podrido en Dinamarca” lo han dado las mismas empresas que están a cargo de la adicción (Google, Apple, Facebook… ). ¡Están tomando medidas para que los usuarios usen menos sus servicios! ¿Por qué?

¿Recuerdan cuando las mismas empresas tabacaleras imponían autocensura a su publicidad y medidas contra la adicción al cigarro? Siempre preferían adelantarse a cualquier control externo que se pudiera imponer a la industria. Ellos sabían, antes que todos, los riesgos y consecuencias que se avecinaban por consumir su producto, por lo que preferían tomar medidas ellos mismos antes que se las aplicaran otros.

Eso pues, es lo que está podrido en Dinamarca (y en todo el mundo).

(Voy a evitar enumerar todo lo bueno que nos ha traído la tecnología e internet en los últimos tiempos, porque ya lo saben, lo sabemos todos. No hay duda. Pero tampoco quiero ser el típico adicto que defiende los beneficios del objeto de su adicción.)

Velocidad y distancia

Y aún con todo esto, creo que en el fondo muchas cosas no han cambiado. Es decir, que casi no hay nada nuevo bajo el sol. Casi cada nueva app o red ha traído consigo fenómenos o conductas que ya existían antes, pero la tecnología o internet han acelerado drásticamente los procesos.

El gran cambio que hemos vivido en las últimas dos décadas con respecto a la información, no es tanto cualitativo o cuantitativo sino de velocidad y distancia. Me explico.

La recolección de datos de los consumidores (Facebook, Google, etc.) y la publicidad personalizada que le acompaña ya existían antes, por ejemplo. Ahora simplemente son mucho más datos y mucho más rápido

Otro ejemplo. Los bancos o compañías de teléfono ya tenían datos de sus clientes, pero la tecnología no les permitía explotar esos datos como es posible ahora, además de que tienen muchos más datos y se les acumulan más cada día.

También, buscar y contactar personas ya era posible. Basta revisar el famoso experimento de seis grados de separación del famoso Stanley Milgram. Lo que ha cambiado es la velocidad y la gran cantidad de personas a las que podemos acercarnos… en este mismo instante

Las celebridades, politicos, famosos o simples influencers, están en ni propio espacio de Facebook o Twitter como lo está mi familia o el compañero de trabajo del escritorio de enfrente.

Y el mundo, de esa manera, ocupa mi propio espacio. Allá es aquí y aquí es allá. Por eso no puedo dejar de revisar mi smartphone: lo que pasa en el mundo pasa en mi mundo, lo que le pasa a los demás me pasa a mí.

De ahí el sentido de urgencia. De ahí las prisas. 

Si llegaste hasta acá…

Si has logrado leer hasta este párrafo, tal vez no todo está perdido. 

Las estadísticas dicen que la mitad de las personas que vean este texto, le dedicarán solo 15 segundos.

La mayoría de los que lo lean, solo llegarán al quinto párrafo.

Tú eres uno de cada 10 que llegaron hasta aquí.

Entonces, ¿qué hacemos?

  • Tratemos de leer un libro largo y completo como leíamos antes.

  • O hagamos una larga caminata sin celular.

  • Vayamos de vacaciones sin pantallas ni internet.

  • Tomémonos un café sin sacar el teléfono de la bolsa.

  • Démonos una vuelta a la tienda, a la cuadra o manzana, y “olvidemos” el smartphone en casa.

  • Escribamos una carta a mano y en papel a nuestro ser más querido.

  • ¿Qué tal aburrirse un poco? ¿Hace cuanto que no te aburres?

  • O busquemos a Sarah Connor para organizar la resistencia contra Skynet.

Pero sea lo que hagas, hazlo despacio, muy despacio, por favor. 


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